Ámense

Ámense.

Si en el mundo hay tanta gente siniestra, contrasten. Ámense.

Si hay seres oscuros causando daño a miles, equilibren la balanza. Ámense.

Si hay tantas personas tristes y sin amor, abrácense. Por los que no pueden hacerlo. Abrácense fuerte y mucho.

Si lloran almas del otro lado del planeta, por lo menos hagan felices a otros.

Si hay tantas carencias, ayuden a quien está cerca.

Si hay tanto dolor, sean paz, sean calma.

Si el odio quiere ganarse a la humanidad, den batalla. Ámense.

Si en el mundo hay tanta gente siniestra, contrasten. Ámense.

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Obsolescencia…

Comprar, usar, tirar. Comprar, usar, tirar.

Obsolescencia programada de las cosas.

Conseguir, usar, dejar. Conseguir, usar, dejar.

¿Y si la obsolescencia programada también estuviese afectando a personas?

La no-soledad

La combinación de miedo y soledad puede ser una de las peores pesadillas para -la escencia de- todo ser humano. Sabiéndonos gregarios, sociales, necesariamente comunicantes y naturalmente comunitarios, la soledad se nos representa como aquello que nos despojaría de toda humanidad posible. Nos aleja de los otros. Nos aísla. Nos transforma en ruido en el vacío. ¿Cómo somos personas si no hay un otro que nos perciba y verifique como tales? ¿Dónde hallamos nuestra humanidad si no es en el reflejo propio que nos ofrece otro ser humano al mostrársenos como un igual? … Nos afianzamos en el otro, nos encontramos en el otro, nos aseguramos la propia existencia en el otro. De aquí el miedo a la soledad. Es el miedo inconsciente a la alienación, a perder la escencia, miedo al silencio externo e interno, miedo a no hallarnos en este mundo.

Y quizás aquí radique el miedo, menos profundo y existencial, a no comunicar. Miedo aceleradamente acaecido sobre nosotros más que nunca en la última década. Miedo a no tener qué decir, miedo a no tener qué mostrar, miedo a no ser visto ni oído. Y he aquí la suma del terror para todo ser humano: el miedo y la soledad. El miedo más la soledad. El miedo a la soledad.

En la era de las redes sociales, donde todos somos público y protagonista a la vez, pasar desapercibido es sinónimo de fracaso como ser humano. Porque el no ser visto entraña en sí mismo la marginación de los otros ojos humanos que deciden no vernos. Y la competencia es entonces perdida. Perdida una y todas las veces en que el público (o los públicos) deciden ver u oír a otro antes que a nosotros. Competencia contra otros protagonistas también sufrientes y preocupados ante la constante posibilidad de ser marginados en la(s) red(es) social(es). *De más estaría comentar que este miedo está más presente en quienes se encuentran en una situación vulnerable, social o psicológicamente hablando… son, en resumen, quienes más necesitan integrarse y pertenecer.*
Y es allí cuando elegimos donarnos por entero a la vida en exposición. Nos mostramos, buscamos más y más ojos que nos confirmen que hay alguien ahí con nosotros, que nos reduzcan al mínimo exponente la soledad. Buscamos, en fin, alejar el miedo naturalmente humano a estar solos. Y salimos a la calle con nuestro aparato celular, en el que conviven al mismo tiempo 500 amigos de facebook, 600 seguidores de instagram, 400 contactos de twiter. Todos hablando, haciendo ruido, eligiendo a quién mirar y a quién desechar al abismo de la sub-humanidad. Sentimos entonces (por fin!) que no estamos solos. Estamos acompañados por gente a la que queremos gustar. Gente a la que hay que hablarle y mostrarle cosas para no aburrirlos. Sentimos la presencia constante de otros iguales. Genial. Somos más humanos. No estamos aislados.

Pero…¿Sólo mientras el aparato de telefonía tenga batería, seremos plenamente humanos? ¿Y después? ¿Qué hay detrás de la imagen que mostramos? ¿Cuánta humanidad inmediata y no mediática somos capaces de ostentar?

Quizás no conozcamos el valor verdadero de la eventual soledad. Quizás el miedo a esta soledad oculte un miedo -a la base- de encontrar un ser humano insustentable en nosotros. Quizás hacer una pausa y ver nuestra propia humanidad es lo que queremos evitar mostrando una imagen construida minuciosamente para taparnos. La soledad nos enfrenta a nosotros mismos. Nos aleja un instante de los otros, si, nos aísla, pero en ese silencio sin voces ajenas es donde la persona, el ser, puede hallarse verdaderamente humano y desnudo de montajes que mostrar. Es allí donde uno es uno y no es uno en función de la mirada de un tercero. Allí está la verdad. Allí está realmente uno, y no en la imagen reproducida en 700 pantallas ajenas.

Los felices

(Fotografía de una tarde en el parque)

Ahí estaban todos, sonriendo. Pensando cada espontaneidad, planificando cada movimiento para verse plenos. Se sonreían entre sí, sin mirarse, pero se sonreían entre sí. Sonreían y, a veces, hasta se reían aunque no hubiera disparador de emociones.
El día estaba soleado y muchas jovencitas sacaron a pasear a sus perros. Y sonreían con ellos. Alzando al animal a la altura de sus cabezas, abrazándolo y mirando de frente a su aparato celular. Para sonreír. En una imaginaria seguridad de que su perro -suave, pomposo y fotogénico- también sonreía. El animal nunca paseaba, a decir verdad, era llevado al parque para posar cara con cara con su dueña y plasmarse eternamente en una postal de verde, cielo y felicidad. Sus cuatro pequeñas y suaves patas jamás tocaban el suelo, no era el propósito del paseo.
Los padres también eran felices con sus felices hijos. Por supuesto, en las fotos de parque no salían los berrinches, gritos, peleas y llantos no felices que suelen surgir en el espacio físico real donde habita todo niño. Pero no importa. Todos se veían felices. Padres, hijos, jovencitas con perros, parejas que no se miraban… todos sonreían.
Y en un cambio bruto al negativo, al correrse el foco de la cámara del aparato de telefonía móvil, las sonrisas se apagaban. El parque ya no era feliz. Pero iba a seguir viéndose y reproduciéndose feliz en mil pantallas encendidas durante días y días de contagiado espejismo.
En definitiva, fue una exitosa tarde de felicidad para mostrar.